¿Qué interpretamos con la palabra Elegancia? 

Es muy común llamar elegante a lo que es gracioso, sencillo, bien proporcionado, suave en sus movimientos. O sea, es la elegancia algo que resulta de diversos elementos y que puede encontrarse en todas las obras bellas.

No sólo se atribuye la elegancia a las obras sencillas, así del arte como de la naturaleza, sino también a las intelectuales, especialmente a las demostraciones.
La elegancia de una buena demostración consiste, primero en que sea sencilla y después, concluida, grácil, no recargada, es decir, obtenida por caminos no complicados. Cuando nos encontramos en presencia de una demostración de estas cualidades, sentimos cierto placer estético muy semejante al que experimentamos al contemplar algunas de aquellas obras naturales artificiales calificadas de elegantes.
A los individuos que se desenvuelven en sociedad, les está permitida alguna coquetería, aunque varonil, que indique el deseo de agradar, pues indudablemente, es uno mejor admitido en todas partes cuanto mayor es el cuidado puesto en hacerse agradable a los ojos de los demás, aparte de lo mucho que halaga el amor propio, tener un amigo, un compañero, que se distingue por su pulcritud y elegancia.
Realmente no es de buen gusto el abandono en el vestir y mucho menos en el aseo, pues con ello se demostraría desdén hacia la opinión ajena y demostraríamos que no nos queremos ni un poquito.
La persona poco cuidadosa es ridícula a los ojos de sus propios amigos y la apatía y abandono de sí mismo le enajena a menudo las simpatías de todos.
Sólo podemos exceptuar de esta regla a los excéntricos y a los sabios, pero como sabemos no todos lo somos, hay que tenerlo en cuenta a la hora de acicalarnos.
Como ya hemos dicho que la elegancia es sencillez, no es necesario gastar enormemente en trajes, pero sí debemos poner mucha atención en la elección de los vestidos y sobre todo en los adornos complementarios, para no caer en el ridículo, del cual es tan difícil volver, dicen los entendidos.

 

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Que haya armonía de colorido y que el atavío se adapte según las circunstancias, porque no es lo mismo vestirse para salir de paseo por la mañana, que ir a un té por la tarde o asistir a una fiesta campestre que a una recepción.
Teniendo esto en cuenta, todos pueden adquirir el aspecto verdaderamente elegante, pero sin olvidar que donde debe ponerse mayor esmero es en el aseo de la propia persona y esto, todo el mundo puede y debe hacerlo. Uñas sucias y mal cortadas, unos dientes descuidados, el cabello en desorden, etc., molestan a la vista y destruyen el buen efecto que un correcto traje puede producir, y esto puede evitarse a costa de poco trabajo y sin grandes derroches.
La persona verdaderamente elegante no se limita a las manifestaciones exteriores de cortesía, sino que cultiva en sí las buenas maneras, es algo innato, y cuando no lo es, puede adquirirse con sólo proponérselo.
La cortesía nace del amor a nuestros semejantes, del temor de herirles, de ofenderles, de lastimarles en su amor propio. Con sus raros méritos tiene la cortesía agradables galardones para aquél que la práctica, pues hace aparecer gracioso, simpático y atrayente al menos favorecido por la naturaleza en perfecciones físicas.
No hay duda que si después de saludar con elegante desenvoltura, de haber cumplido con los requisitos que la cortesía exige, se deja escapar alguna frase grosera o inconveniente, no podrá impedir la más bella apariencia exterior que se mire con prevención a quien en esta falta incurre.
El individuo que desea presumir de buenos modales ha de ser modesto/a, indulgente, cortés, generoso/a, adquiriendo la costumbre de no ofender nunca con sus palabras.
“El buen gusto, afirman diversos autores, es pues "un modo de conocer", un cierto sentido de la belleza o fealdad de las cosas. No se aplica sólo a la naturaleza o al arte, sino a todo el ámbito de las costumbres, conveniencias, conductas y obras humanas, e incluso a las personas mismas. Y desde luego no es algo innato, sino que depende del cultivo espiritual de la educación y la sensibilidad que cada uno haya adquirido.

Con esto queremos decir que un sólo defecto estropea el conjunto, pues para que la hermosura se haga presente en el aspecto externo del individuo todo en él debe ser virtuoso, terminado y bien proveído. También es cierto que nosotros como personas podemos y debemos trabajar en estos aspectos y así lograr ser elegantes ante una sociedad que nos reclama constantemente estar bien, tanto por fuera como por dentro.